20 septiembre 2012

Rebeldía e impotencia


Porque Zhang Xianliang, nacido en 1936, encarcelado a los 21 años como «intelectual burgués», y que prácticamente pasará los veinte siguientes años de su vida bajo control de los «inquisidores» políticos antes de convertirse en novelista reconocido y exitoso, es consciente de que «vivimos tiempos difíciles». De que «todos los movimientos políticos hacen de la cultura y la enseñanza el primer blanco de sus ataques y, después, ¡degollina general!». Sufre el hecho de que «en estos últimos más de diez años -y el autor escribe desde la perspectiva de mediados de los setenta- se han guiado por el principio: mejor arrestar arróneamente a mil que dejar escapar a uno solo». 

Y que todo eso tiene un alto coste social al que el autor termina oponiendo su propia rebeldía, su ansia de verdadera «revolución»: «Han destruido por completo la confianza entre las personas, la buena voluntad, la humanidad y el espíritu solidario y han transformado a los hombres en lobos y zorros. Una situación moral como ésta sólo puede purificarse mediante un movimiento popular, que establecerá unas nuevas relaciones entre los hombres...» (p. 317). El eterno sueño de una nueva «relación», de una verdadera revolución cultural. 

Tal vez el novelista chino esté formulando los principios de un posible verdadero «maoísmo», superador de ese maoísmo que el protagonista de la novela -ese otro «yo» tal Cide Hamete Benegeli cervantino- sufriera en carne propia hasta convertirse en un «medio hombre» solo, impotente como el castrado Sima Qian, y parte esencial en su conmovedora historia de amor con una ex presidiaria como él, doblemente divorciada, que le jura amor hasta en la «Pura luz», el más allá de la vida. El impotente casi masoquista, doncel hasta su boda peculiar a los 39 años, y el rebelde que accede de nuevo a la hombría, a la escritura y a la acción, tiene en cuenta que «sólo en una lucha de contrarios se puede alcanzar el equilibrio, la paz, la unidad, la belleza absoluta, conservando cada uno sus características, su independencia...». Dialéctica de verdad, tamizada por la vieja sabiduría china y hasta por el confuciano «camino del medio» y más cuando «el pensamiento de Occidente gira en torno a las ideas de libertad e igualdad, el de Oriente en torno a las de moralidad y honor», palabras que el autor pone en boca del espíritu de Marx que protesta porque «muchas personas han "captado" mis "palabras" y han "olvidado" mi "sentido".

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