18 septiembre 2012

Dictadura y masoquismo


Cuando dentro de unos años los historiadores puedan hacer un balance, más ajustado por la perspectiva, de este siglo XX que se consume, sin duda que la revolución maoísta en China destacará en el conjunto: tal como dicen los astronautas que la gran muralla se perfila desde lo alto al observar ese país que mide su superficie y su población en miles de millones de kilómetros cuadrados y también de gente. No en vano, a pesar de que Extremo Oriente siempre fue para el hombre occidental algo lejano y exótico, a mucha gente interesaron lecturas como aquel subyugante informe/relato de Myrdal qué era Una aldea de la China popular, ensayos históricos apasionados como los de Lucien Bianco, por ejemplo, sobre el origen de la revolución china, y hasta el mismo «libro rojo» de Mao. Textos que podían ostentar un aura de literatura heroica y hasta trágica, aún sin pretenderla.

Por eso esa hermosa historia de amor campesino que es La mitad del hombre es la mujer, de Zhang Xianliang, puede provocar -en aquellos que fueran sensibles a aquella realidad a la que era difícil acercarse sin apasionamiento, sobre todo- ese golpe de badajo de campana -o golpe de gong- que suena en vibraciones prolongadas de alta literatura. Nada más y nada menos que eso. Y con perfecta lucidez a la hora de acercarse a la escritura: «La satisfacción de un escritor no estriba sólo en escribir algo, sino sobre todo en el proceso mismo de la escritura... 

En circunstancias en que no hay nadie con quien se pueda conversar desinhibidamente, el escribir en soledad se convierte en el procedimiento que mejor puede ayudar a la propia reflexión... Además de los placeres de la vista, del oído, del gusto y del tacto, está el placer del uso del intelecto (pp. 286-287). Consideraciones bien propias de un Cervantes en una España que no le gusta demasiado, y encerrado mano a mano con su multitud de personajes de ficción, propias de un Milton desilusionado de la política como radical «leveller» en tiempo de la restauración en el trono inglés de otro Carlos Estuardo, y dedicado por entero a escribir su poema máximo «El paraíso perdido», de un Shakespeare que abandona, en fin, la escritura antes de llegar a cuarentón. Autores todos, por otra parte, a los que de una manera sencilla que puede emocionar a un hombre de cultura occidental, cita el novelista chino, al lado de LaoTsé, Mao, Marx o el Herodoto o padre de los historiadores chinos Sima Qian, que logró su obra máxima después de ser condenado a la castración.

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