02 octubre 2012

El estigma de James Dean


La prematura muerte del actor James Dean permitió a Anthony Perkins erigirse en el principal representante de una generación de jóvenes actores que, frente a la fuerza, seguridad y autosuficiencia de los héroes tradicionales, parecían reivindicar la introversión y el desamparo como componentes de un atractivo estelar. Pero introversión y desamparo no le impedían apretar el gatillo contra el enemigo, desobedeciendo el mandato paterno, en La gran prueba, la película de Winnian Wyler en la que se dio a conocer. Dos herencias parecían confluir en él, la de Gary Cooper, emblema del protagismo clásico, y la de Montgomery Clift, imagen de un inconformismo problemático. En la década de los 50, su figura huesuda y esbelta, su expresión a la vez indecisa y firme, 'prometían la capacidad de albergar al mismo tiempo la energía vital y la interioridad atormentada, la serenidad bondadosa y la crispación conflictiva. 

Pero tuvo la suerte y la desgracia de pasar por las perversas manos del director Alfred Hitchcock. Fue una suerte, porque su «Norman Bates» de Psicosis le ha procurado un lugar de honor en la mitología del terror cinematográfico y si Perkins es algo en la historia del cine lo debe a su trabajo en tan delirante y divertida pesadilla. Pero también fue una desgracia, porque quedó fijado para siempre en la tortuosa imagen de su personaje. Y su doble herencia se difuminó con el estigma del famoso personaje de «Norman Bates», que pareció incapacitarlo para encarnar en el futuro cualquier cualidad que se alejara demasiado de su enfermizo modelo de la película Psicosis. El potencial héroe se quedó en simple criatura. Alfred Hitchcock, pues, lo consagró y lo destruyó. Lo inmortalizó como figura en el museo imaginario del cine, pero esa figura se sobrepuso al actor y condicionó para siempre su carrera. «Norman Bates» resultó ser más fuerte y más perdurable que Anthony Perkins, y la trayectoria posterior de éste se parecen a la de esos niños prodigio cuyo éxito prematuro acaba por convertirse en una mala pasada del destino.

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