26 abril 2016

David Beckham no puede dormir

Los de la Peña Primera Plana, o sea, una punta de periodistas al loro, entregaron la otra noche los premios Naranja y Limón.

El momento es ya un clásico de fin de curso de los famosos y sus cronistas. El Naranja se concede al personaje que cumple el mejor rollito con la prensa. El Limón se concede al que se ha portado agrio y hasta agriado, que no es lo mismo, aunque pudiera serlo.

El entrañable Julio Iglesias Puga fue distinguido con el Naranja.Isabel Pantoja y su bigote, o sea, Julián Muñoz, fueron distinguidos con el segundo. Los de la Peña acertaron. El doctor viene siendo un animador pícaro y marchosillo de la temporada, con sus paternidades fantásticas, su pronunciación cómica, que es casi una archipronunciación, y ese cachondeíto de pillo en vigor que se trae con las reporteras de asalto, a las que contesta más bajo el piropo que bajo la verdad. El doctor es un menudo hombre excesivo que gasta arreones de ligón venial.

En la velada de entrega, se encaramó a su desmadre habitual y respondió incluso a lo que no le preguntaban. Hoy opina que Rona, su mujer, esa chica a la que siempre presenta como universitaria y norteamericana, le quiere más a él que él a ella, pero mañana puede contarnos lo contrario. Lo importante no es que lleve razón o no lleve razón, sino que siempre tiene gracia. Días atrás aseguró que Julio, su hijo, ya se había casado en secreto con Miranda, pero esa noche insinuó que las nupcias quedan aún pendientes.Al doctor, en cualquier caso, no hay que creerle nunca, o hay que creerle siempre, porque él no busca más verdad que el vacile, y eso ya es suficiente, o es mucho, incluso. Mayormente, porque nos da el show gratis.

La Pantoja y su bigote, o sea, Julián Muñoz, se portaron como si les hubieran concedido también el Naranja, o sea, que asistieron con su mejor sonrisa, que no es la de enseñar los dientes, sino la de no enseñarlos. Ahora están de buen rollo, un buen rollo que incluye la promoción del último disco de la tonadillera, y a ver qué dura.

Francisco Álvarez-Cascos fue galardonado con el Limón Especial, y no fue. A un servidor le parece muy bien esta ausencia, porque si a uno le distinguen por antipático hay que darles la razón a los culpables. Con un par. Con un portazo. En esta vida se pueden cometer muchos errores, pero nunca el de cambiar de estilo.Por ahí sigue Álvarez-Cascos. La Pantoja cambia de estilo a ratos, pero Álvarez-Cascos no. Esta es una de las diferencias primeras entre ambos, además de que él no usa peineta y no promociona coplas, naturalmente.

Esperanza Aguirre fue condecorada con el Naranja Especial, porque lo suele resolver todo con una sonrisa, y aguanta carros de reporteros y carretas de vacilones por parte de la prensa del colorín y también de la otra. Cumplidos los protocolos, todos estuvieron encantados de conocerse. Es lo que tiene una noche de premios, que siempre acaba en un party de simpáticos. Aunque los conceda la prensa del corazón que, a menudo, no tiene corazón.

Sube. Nuria, la del concurso, ha enseñado las fresitas. Viene en Interviú, en un reportaje que ya es el alborozo de las peluquerías de Madrid y de lejos de Madrid. El reportaje cumple toda la oportunidad periodística, porque Fresita es una musa del chisme del momento, y porque no es fácil quitarle el sostén a una inocente. Lo difícil no es poner en bolas a las que están buenas, sino a las que son buenas. O a las que lo parecen. No se habla de otra cosa. Decía Ramón que los senos son las dos lágrimas que llora la belleza por ser tan efímera. A Fresita, que ha llorado tanto, sólo le faltaba enseñarnos esas dos lágrimas últimas, y lo ha hecho.No es la reina de los mares de la hermosura, pero lo intenta.

Baja. Ahora resulta que David Beckham no puede dormir. Y que, de pronto, le asalta el llanto. Malos asuntos. Su suegra, que está en todo, ya le ha buscado remedio al galáctico: acudir a un tal Paul McKenna, hipnotizador de oficio y autor de varios libros de autoayuda. Como lo oyen. Las suegras suelen salir muy exóticas. Lo cuenta todo un diario inglés, que no precisa si David ha aliviado en algo sus males, ni si la suegra es adicta a hipnotizadores diversos. Mientras nos enteramos, prospera la noticia de que el futbolista se ha vuelto a casar en Marrakech.Y lo de «se ha vuelto» lo escribo no porque ya subiera en Marrakeck al altar, sino porque lo ha hecho con la misma: Victoria Adams.

Sube. Es como Anna Kournikova, sólo que al revés. Me explico: Maria Sharapova es monísima y es una campeona del tenis. La otra sólo es monísima, una Lolita con raqueta, pero sin triunfos.Venía ya uno reparando en María por su belleza matinal, y porque veo el tenis femenino por lo mismo que voy a Cibeles, o sea, por ver lencería, y ya hace años la criatura se me antojó una maravilla. Ahora ha barrido en Wimbledon y los que saben de su deporte le auguran lo más alto, y los que saben de mujeres la buscan en Internet con más morbo que persiguen a Jennifer López.«Hay que ser muy hombre para aguantar tanta belleza», escribió el poeta. Pues eso.

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