13 julio 2012

José Hierro el pintor poeta


Para dar a conocer esa faceta oculta detrás de sus versos -justo cuando se cumplen 10 años de su muerte y 90 de su nacimiento- el Palacete del Embarcadero de Santander, junto al mar Cantábrico con el que tanto disfrutaba el que fuera Príncipe de Asturias de las Letras en 1981, acoge hasta el 29 de julio una singular exposición: La mano de Pepe Hierro. Una muestra dedicada a la otra pasión del gran poeta: la pintura. 

«La poesía fue siempre su norte y guía. Pero el dibujo es el territorio en el que dejaba escapar sus demonios personales». Son palabras de Carlos Galán, el comisario de la muestra y presidente del Ateneo de Santander. 
En el acto de inauguración, que se celebró ayer, repasó una amistad con el autor de Con las piedras, con el viento, que comenzó en el año 62, cuando ambos se conocieron en los cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, organizadora también de este homenaje. «Le era más sencillo inventar un dibujo que una frase ingeniosa para hacer una dedicatoria», explica el responsable de la muestra. Él, su también amiga Sofía González, donante de parte de la colección, otros seres queridos y admiradores han aportado cuadros, dibujos en múltiples soportes (desde abanicos a servilletas de bar) e ilustraciones que hacía el poeta en los ejemplares de sus poemas. 

Inútilmente interrogas desde tus párpados ciegos. ¿Qué haces mirando a las nubes, José Hierro? Eso es lo que se preguntaba el escritor en su poema Las nubes, que siempre leía a Sofía González, la propietaria del bar Los Ríos, donde solía ir a escribir. «Nos propusimos traer al amigo», explica ella. 

Durante las comidas que compartían, Hierro aprovechaba las servilletas de tela o de papel para plasmar su entusiasmo de pintor, con una particular sensibilidad que también se palpaba en su obra escrita. 

En ambos medios de expresión se pueden apreciar los estados de ánimo por los que pasaba, como por ejemplo las quillas de barcas desguazadas en la playa, en un atardecer que lleva al espectador a meditar sobre la caducidad del tiempo. «Se tomaba su poesía muy en serio, a pesar de los muchos años que dejó pasar entre algunos de sus libros... Pero el dibujo era lo que quería, lo que le ayudaba más en los momentos difíciles o con los que expresaba mejor sus ratos de entusiasmo», rememora su hija Marian. Y explica que hasta que se apagó su vida siempre creó: «En sus últimos días apenas podía escribir, pero estaba respirando y dibujando». Esa fue su imagen final.

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