28 mayo 2012

Ines de la Fressange una pava en huevos

La preocupación principal de Inès de la Fressange (Gassin, Var, Francia, 1957) es que terminemos de una vez la entrevista y la dejemos rematada tan pronto como nos sea posible. "Estás en París, ¡tienes que ir de compras! ¿No te vas a quedar el fin de semana? Entonces, ¿es que no tienes un amante francés?", me dice, medio en serio medio en broma, y ella misma me responde: "Aún no".

Con rapidez se tiende en un sofá, se hace un ovillo con las piernas y sigue hablando y hablando, hablando y hablando. Si la rue du Faubourg Saint-Honoré* -la calle de la alta costura por excelencia en París- la reclama, será una llamada en vano.

El fotógrafo que la retrató para el libro se empeñó en que Inès posara tan seria: "Muy oscura. Y tú pensarás que no he hecho un libro alegre, sino algo dramático y profundo", protesta ella. Se refiere a La parisina. Guía de estilo de Ines de la Fressange (Ed. Grijalbo Mondadori), una guía chic definitiva que ha contado con la ayuda de la experta Sophie Gachet, y que ha podido ver la luz, explica De la Fressange, gracias a su ayudante, Armelle, que ha acabado "agotada" de tantas llamadas de teléfono en demanda de nuevos consejos tras la publicación. "Llaman todos los días, que si adónde hay que ir a teñirse el pelo, que si necesitan algún detalle para su casa… Incluso telefonean desde algún periódico de Asia: '¿Cuál es el restaurante preferido de Inès?' ¡Pero si yo no voy nunca a restaurantes! ¿Quién va a restaurantes?", replica con cierta ironía.

Resulta gracioso, por paradójico, lo ocupada que está Inès. "Cada año, en enero me digo: 'Este año ya no voy a trabajar más'. No está de moda. No estamos en los años 80", argumenta, moviendo mucho sus ojos oscuros. "Sí, tomaré un poco más de café", le responde a la pobrecita y cansada Armelle. "¡El último de la temporada!".

Inès de la Fressange tiene 54 años y es modelo. Según ella, esa es una acepción muy antigua ("ahora soy una señora mayor", puntualiza), aunque se subiera de nuevo a las pasarelas en 2009 para Jean-Paul Gaultier y fuera la gran atracción del desfile de Chanel en septiembre pasado.

Es también musa (es bien sabido por todos que lo fue de Karl Lagerfeld; en cierta ocasión se enfadaron, pero se han vuelto a reconciliar), empresaria y diseñadora. Por encima de todo, sin embargo, representa todo lo de moderno, elegante y con estilo que se atribuye a las francesas. Inès de la Fressange es, en definitiva, la quintaesencia de la elegancia parisina.

Hemos celebrado nuestro encuentro en su despacho, justo encima de la zapatería de Roger Vivier, en el distrito 1 de París, donde, como embajadora de la marca, Inès se encarga del asesoramiento sobre todos los aspectos de este sello enfocado principalmente a zapatería de lujo.

Su lugar de trabajo es un cruce entre un mood board [un panel donde se exponen, a modo de collage, las fotografías, telas, muestras de color, etcétera, que sirven de inspiración a una colección] y el dormitorio de una adolescente. Está pintado de rosa y lleno hasta los topes de fotografías, orquídeas, objetos variopintos, alfombras floreadas y pufs tapizados de cuero. Hay dibujos de niños en las paredes, un cocodrilo disecado y un perchero industrial con ropa. "No he pensado mucho en el aspecto que tenía cuando he salido de casa", tercia. Hoy se ha vestido en plan "muy barato, pero que muy barato", con unos pantalones campana de pana, de color camel de Gérard Darel, una especie de sudadera de Zara y unas bailarinas de Roger Vivier. Se mira el cuerpo larguirucho, se sacude los rizos castaños y se encoge de hombros.

DESENFADADA. Para la sesión de fotos se enfunda rápidamente en una chaqueta azul marino tipo blusón, creación de un nuevo diseñador llamado Stouls. "Por lo menos, va a haber una persona que se va a sentir feliz con esta foto", comenta. Si hay la más mínima oportunidad de no darse importancia, De la Fressange la aprovechará. Cuando era una joven modelo, se bajaba de la pasarela y se sentaba con los periodistas. O sacaba a pasear a su perro. O se ponía una chaqueta de Chanel con unos pantalones vaqueros.

En todo momento aristócrata (su padre era marqués; la princesa Carolina de Mónaco es una de sus más íntimas amigas), siempre parecía más inteligente y más lista que lo que sugeriría el trabajo al que se dedicaba. Desde entonces, por mucho que le hayan concedido la Legión de Honor, la más conocida e importante de las condecoraciones francesas por sus servicios a la moda, y aunque haya encabezado todas las encuestas de las mujeres con más estilo, ella ha seguido sin estar dispuesta a tomarse demasiado en serio. Veáse su opinión sobre sus propios diseños: "Yo hago un dibujito que da vergüenza y luego mi ayudante lo rehace para que quede bien"; sobre su propio pelo: "Sin productos, soy como la Olivia de Popeye"; sus recuerdos de Carnaby Street [la calle de la moda en el Londres de los 60]: "No debería decir nada porque la gente va creer que tengo 122 años"; su opinión sobre que la reconozcan por la calle: "La gente se imagina que voy siempre en un Bentley, con perlas y diamantes, gafas negras y Karl Lagerfeld a mi lado, y entonces me dicen: 'Es increíble lo que se parece usted a Inès de la Fressange', y yo les suelo responder: 'Pero ella es mucho más mayor, ¿no?'. 'Sí, es posible', me dicen".

Ella es la fashionista más interesante; más incluso que la moda misma. Finge teatralmente (sin conseguirlo) que le dan escalofríos cuando habla de que le ofreció a Kate Middleton unos zapatos Roger Vivier para su boda: "Estoy acostumbrada a que me digan que no, incluso sin preguntar". Opina que el incidente que protagonizó John Galliano fue "muy triste", para a continuación arquear las cejas sugerentemente. "Ahora bien, lo que va a ser más triste es el hombre [el belga Raf Simmons] que han elegido para sustituirle", añade.

PRESCRIPTORA. Hace algunos comentarios ingeniosos sobre su nuevo libro y da detalles de la reunión que mantuvo en un principio con el editor. "Actué como si yo fuera realmente alguien del mundo de la moda, una modelo", relata con una vocecita aguda y dulce, y se echa el pelo hacia atrás como para ilustrar el momento. "Yo le decía: 'Ya sabe usted que lo me gustaría sería que tuviera muchas fotografías, y mucho color, porque así quedará más bonito. También me gustaría que fuera como de piel, y si tuviera una cintita de seda, ¡quedaría tan mono!".

En su opinión, las francesas pueden llegar a ser muy arrogantes. "Si le dices un cumplido a una francesa, 'bonita chaqueta', por ejemplo, te dirá: 'Pues la compré hace unos años', como si le diera vergüenza que los demás pudieran pensar que ha ido de compras. Pero ¡si no es nada malo!", protesta. La sencillez y la ausencia de adornos son notables en ella. Y siempre deja caer su gusto cromático. La gente que se siente atraída por un jersey amarillo o verde claro quizás pueda aprender algún día que "el azul marino no es triste. El azul marino es importante". Y punto.

También sostiene que hay que desprenderse de cosas. "Puedes causar tu propia ruina a base de echarte y echarte cosas encima. Cuanto mayor te haces, más regalos, más collares, más pulseras y montones de anillos te pones: que si el primer niño, que si el segundo, que si 10 años de matrimonio, que si el tercer divorcio… Hay veces que veo a algunas mujeres que parecen tortugas, como si llevaran toda la casa encima. ¡Y las pieles! Quiero decirles una cosa a esas mujeres: las pieles sientan mejor cuando tienes 20 años", asegura.

Se ríe a grandes carcajadas. "Tengo una amiga que nunca se ponía un jersey de cuello vuelto porque creía que no tenía cuello para llevarlo, pero tenía unos ojos bonitos y un aspecto encantador. Y tenía un busto enorme. 'Tú ponte una camisa vaquera y ya verás cómo la gente se da cuenta de que tienes unas tetas enormes', le dije. No hace falta que las pongas encima de la mesa", le sugirió socarranomante.

En su opinión, lo que hay que hacer es envejecer con elegancia. "Nunca he visto una aplicación de bótox que sea un éxito. Te hace una cosa rara, se te quedan los ojos como así…", afirma, mientras se estira los párpados en los extremos. "Bueno, a lo mejor dentro de cinco años te recibo con esta pinta [infla los carrillos y pone una expresión asustada] y te digo: 'No, no, no, no me he hecho nada'", sentencia.

Se acuerda de su madre ("tan guapísima, y sabiendo además que era guapísima"), a quien le resultaba muy difícil hacerse mayor. "Me decía: '¡Ay, esta cara mía!", recuerda, mientras alza las piernas y se da masajes en los pies. "A lo mejor es esa la razón por la que quiero estar rodeada de amigos, de niños, de trabajo. Así no tengo tiempo para mirarme en el espejo", reflexiona.

ESCAPADAS. Vive en un piso de la rive gauche [los barrios del margen izquierdo del río Sena] con sus dos hijas, Nine, de 17 años, y Violette, de 11, y dos perros. Tiene también una casa en el sur de Francia, a la que de vez en cuando se escapa, y una casa de campo en Normandía, "adonde no voy nunca. Acabo agotada. Los fines de semana quiero quedarme en la cama", explica.

Su marido, Luigi d'Urso, un empresario italiano, murió de un ataque al corazón en 2006. El ánimo de Inès decae un poco cuando pregunto si se le ha hecho muy cuesta arriba ser madre en solitario. Mira hacia otro lado: "Tuve que aportar la alegría, el dinero, el afecto, la diversión, la autoridad, todo…", rememora. "Hay un momento en el que decides si se te va a hacer cuesta arriba o no. Si vuelves a casa, y todo está manga por hombro, y decides que todo aquello es un drama, entonces resulta que es un drama. Pero también puedes asumir que, vale, fácil no es, pero es mejor reírse…", ataja. "Recuerdo que una temporada nos dio en casa por celebrar 'el minuto de la discoteca'. Apagábamos las luces y nos poníamos a bailar en medio de la cocina. Uno toma decisiones, y siempre existe la posibilidad de elegir ese minuto de discoteca", agrega.

En estos momentos, hay un nuevo amor en su vida, Denis Olivennes, que comanda un emporio multimedia de comunicación. Denis encuentra "fantásticas" a sus hijas. A Nine le han hecho unas fotografías para el libro, para mostrar lo que es vestirse "à la parisienne" y, después de rechazar "ofertas increíbles", Inès ha dado su conformidad para que su hija sea el rostro de la primera fragancia femenina de Bottega Veneta. "Es como Bambi, piernas largas y rodeada de conejitos, muy dulce. Por supuesto, ella es diferente, pero cree que es mejor ser conejito. Es la elegancia personificada. Es una perfección", comenta. Pero a Nine le gusta más el colegio. "Vuelve a casa y dice: 'Mami, quiero seguir un curso de griego clásico, ¿hay algún problema?'", sonríe abiertamente De la Fressange, estirando completamente las manos.

ENTUSIASMADA. Violette, entretanto, es una auténtica loca de la moda. Ha pasado, explica la madre, por una etapa princesas -"por lo general, eran princesas como de Moscú o de Qatar, ya sabes, como diminutas putillas todas de color rosa, la verdad", describe-, pero ahora tiene un gusto excelente. "Entro con Violette en una tienda y encuentra cosas verdaderamente monas de colores beis, topo, marrón… Me deja sorprendida. '¿Cómo se te ha ocurrido mezclar esto con esto otro?', le pregunto".

Cuenta una anécdota con Carine Roitfeld, directora de la edición francesa de la revista Vogue, que llegó a Roger Vivier para una presentación de moda y que atrajo la atención de Violette. "Vio la botas que llevaba, unas botitas Charles Dickens nada caras, y le dijo: '¿Qué botas son ésas? ¡Quiero unas botas como esas!'", comenta con humor.

En otra ocasión, el modista Karl Lagerfeld entró en el despacho en un momento en que Violette estaba allí: "Se sentaron los dos juntos aquí, en el sofá, y se pusieron a hablar, como si de pronto fueran colegas de toda la vida, como si fueran parte del mismo mundillo. Una tiene 10 años y el otro 76, y sin embargo… ¡Había tal complicidad entre ellos! ¿Y qué hacía yo mientras tanto? ¡Pues hablar con su chófer!".

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